Etiquetas

, , , , ,

En el año de nuestro Señor, 2011, 160.000 personas ansiosas por conocer los secretos de la inteligencia artificial se inscribieron en un curso online de la Universidad de Stanford.

Y vio la comunidad educativa internacional que los MOOC eran buenos.

Salvo excepciones, claro. El caso es que universidades de todo el mundo, comenzando por las más prestigiosas, empezaron a desarrollar cursos MOOC y a ofrecerlos gratuitamente a cualquiera que tuviese una conexión a Internet. Harvard, Princeton, Berkeley, Duke, Johns Hopkins, Caltech, MIT… se subieron al tren de las primeras. Comenzaron a aparecer plataformas como Coursera, Udacity, edX… cada una de ellas con un grupo de universidades detrás que las respaldaba. Ofrecían, por la cara, la educación más sofisticada que actualmente se puede encontrar. Y no solo en EEUU, se apuntaron universidades de todo el mundo.

Plataformas

Pero antes citaba excepciones, personas que no vivieron el advenimiento de los MOOC como una epifanía y manifestaron sus dudas. La luna de miel había terminado, la burbuja estallaría… catastrofismos aparte, pedían (y piden) un debate calmado sobre el futuro de los MOOC, refrenando entusiasmos, sin histerias. Teniendo en cuenta que las cuestiones pedagógicas evolucionarán, sin duda, a mejor, gracias a la imaginación y el talento de los creadores de los contenidos y los pedagogos encargados de diseñar los cursos, y teniendo en cuenta que los propios alumnos usuarios harán una criba entre los MOOC y los MOCO, creo que el futuro de estos cursos pasa invariablemente por definir un modelo de negocio que los haga perdurables.

Buscando un modelo de negocio para los MOOC

Las posibilidades de monetización que suelen citarse se basan en aplicar un espejo al mercado de las aplicaciones móviles: o bien cobrar precios bajos, por todo el curso o por algunas asignaturas, confiando en que la cantidad de alumnos inscritos haga los cursos rentables (como una descarga masiva); o aplicar el modelo freemium, que oferta un básico gratuito para cobrar por los extras. Estos extras serían certificaciones de mayor o menor grado, identificando claramente al alumno (Coursera y UNED Abierta, por citar dos ejemplos, ya han empezado a hacerlo), tutorías personalizadas, clases presenciales complementarias, intermediación entre empresas contratantes y alumnos que ofrecen perfiles interesantes, localización de cursos a distintos idiomas, venta de contenidos encapsulados o empleo de los cursos como herramienta de branding para atraer a potenciales alumnos (de los que pagan matrícula) si conocen la uni en cuestión a través de unos cursos MOOC atractivos, chulos y eficaces.

Además del mundo académico, el ámbito de la formación corporativa está expectante ante la eclosión MOOC, buscando cómo adaptar toda esta efervescencia a la formación en la empresa. Hay caminos ya abiertos, desde apuntalar el papel del dinamizador de la gestión del conocimiento, capaz de aprovechar todos estos recursos que las universidades han compartido online diseñando itinerarios formativos adaptados a las necesidades de su empresa, hasta los marketplaces, que creo que merecen un artículo aparte.

Pasos adelante

Los pasos más interesantes/interesados para monetizar los MOOC, a mi modo de ver, los han dado los de Google (cuando el verano pasado anunciaron Google Course Builder) y, según publicó The Chronicle of Higher Education a principios de este mes, Stanford, Harvard y MIT, que han decidido seguir esta misma vía colaborando para desarrollar una herramienta abierta que permita a quien quiera desarrollar cursos MOOC.

Course-BuilderEn Google no dan una puntada sin hilo, aunque cultiven esa imagen de gente excéntrica que abandona proyectos cuando rola el viento. Google Course Builder es una plataforma para crear cursos MOOC basada en HTML, JavaScript y Phyton. Proviene de un curso sobre el propio buscador, dirigido por Dan Russell y realizado en julio de 2012, para el que emplearon tecnología propia. Participaron 150.000 personas y, al finalizar, decidieron ofrecer esa tecnología a quienes quisiesen crear sus propios cursos… sobre App Engine, de Google.

Y como decía antes, el pasado 3 de abril se supo que Stanford y edX (plataforma promovida por Harvard y el MIT), quieren trabajar juntos en una herramienta de código abierto para cursos MOOC a partir de junio. Ya edX había dicho, en su inicio, que su intención era poner a disposición de todo el mundo la tecnología con la que creaban sus cursos. Y Stanford caminaba en la misma línea con Class2Go. Se trataría de aunar la tecnología de Class2Go con edX (Stanford no tiene intención de integrarse en edX, sino que continuará con Coursera). Implementarán herramientas para que aquellas entidades que hubiesen comenzado a desarrollar cursos con Class2Go puedan migrar sus contenidos a la nueva propuesta (Class2Go, por ahora, seguirá existiendo pero no se harán actualizaciones). John Mitchell, por parte de Stanford, ha dicho que pretenden “crear el Linux de la formación online”. Anant Agarwal, presidente de edX, comentó que ya se ha facilitado el software a una empresa, 10gen.com, que lo está empleando a modo de ensayo piloto.

Epílogo (por ahora, claro): MOOC a todas horas

¿Por qué este par de ejemplos me parecen los pasos más claros para monetizar la moda MOOC? Es una pelea entre grandes en un escenario de  filosofía 2.0 para la formación online. El 2.0 funciona: como ya he dicho más veces el usuario genera el contenido, el usuario es el contenido. O, como he leído últimamente: si el servicio es gratuito, es porque el producto eres tú. Si los usuarios (promotores de cursos con miles de alumnos, MOOC around the clock) utilizan tus recursos, tus servidores, etc., obtienes importantes réditos gracias a ese posicionamiento en el mercado. Creo que hay mucho pastel para repartir.

Como curiosidad: he sabido hace poco que, de los 160.000 pioneros que se apuntaron en el ya histórico curso de Stanford sobre Inteligencia Artificial que citaba al principio, solo lo completaron 23.000. Y de los 248 que obtuvieron la máxima nota ninguno era estudiante de Stanford.

Anuncios